Num La Templanza Curso de cábala oculta en el Tarot

Num La Templanza

Num La Templanza Curso de cábala oculta en el Tarot
Num La Templanza

La decimocuarta lámina del Tarot, Num La Templanza, jeroglíficamente expresa el producto de la mujer, es decir un hijo, un fruto; y, en general, cualquier ser creado. Esta letra se ha transformado en la imagen del ser creado o reflejado, el signo de la existencia individual y corporal. Al final de un nombre, constituye el signo aumentativo, confiriéndole la extensión individual que la cosa representada puede alcanzar. Astronómicamente corresponde al signo zodiacal SCORPIUS.

Resumiendo: la noun personifica el producto de cualquier combinación, el resultado de la acción de las fuerzas ascendentes o creadoras y de las descendentes o destructivas (simbolizadas por la estrella de Salmón).

He aquí las ideas que este símbolo debe expresar:

1° La combinación de los fluidos.

2° La individualización de la existencia.

El genio del sol vierte desde un cántaro de oro a otro de plata las esencias fluídicas de la vida (primera idea).

Estas esencias pasan de uno a otro vaso sin verter una sola gota (segunda idea).

La lámina 14

Representa a la joven del arcano 11, que volveremos a hallar en la La corriente vital, representada en el arcano 11 por el símbolo que ostenta sobre la cabeza, pasa aquí de un cántaro al otro; en el arcano 17 veremos la expansión de esta corriente.

La decimocuarta lámina del Tarot nos muestra los fluidos que circulan en la naturaleza.

1° Combinación de los fluidos y de los pasivos. Introducción del espíritu en la materia y reacción e la materia sobre el espíritu:

INVOLUCIÓN

2° Reflejo de la justicia en el mundo material:

LA TEMPERANZA

3º Fijación de la vida refleja. Encarnación de la vida:

LA VIDA INDIVIDUAL Y CORPORAL

 

Relaciones:

JEROGLÍFICO PRIMITIVO: Un fruto

ASTRONOMÍA: Escorpio

MES: Octubre

LETRA HEBRAICA: Noun (simple)

Significados:

LA INVOLUCIÓN

El Espíritu desciende en la materia

LA TEMPERANZA

LA VIDA INDIVIDUAL Y CORPORAL

LAS TRANSMUTACIONES

Sphera Lunae – Sempiternum – Auxilium

San Agustín duda seriamente que Apuleyo haya podido ser cambiado en asno por una hechicera de Tesalia. Los teólogos han disertado ampliamente sobre la transmutación de Nabucodonosor en bestia salvaje. Esto prueba sencillamente que, el elocuente doctor de Hippona, ignoraba los arcanos mágicos, y que los teólogos en cuestión no estaban muy, avanzados en exégesis.

Vamos a examinar en este capítulo maravillas increíbles, desde otro punto de vista, e incontestables sin embargo. Hablo de la lycantropia o de la transformación nocturna de los hombres en lobos, tan célebres en las veladas de nuestros campesinos, por las historias de lobos-duendes; historias tan bien compuestas que, para explicarlas la ciencia incrédula, ha recurrido a locuras furiosas y a disfrazamientos de animales. Pero semejante hipótesis son pueriles y nada explican. Busquemos en otra parte el secreto de los fenómenos observados por este motivo y comprobemos primeramente:

l~ Que nunca ha sido muerto nadie por un lobo-duende, sino ha sido por sofocación, sin efusión de sangre y sin heridas.

2~ Que los lobos-duendes cercados, perseguidos y aun heridos, no han sido jamás muertos sobre el terreno.

3~ Que las personas sospechadas de estas transformaciones han sido siempre halladas en sus casas, después de la cacería al lobo-duende, más o menos heridas, algunas veces moribundas, pero siempre en su forma natural.

Ahora comprobemos fenómenos de otro orden.

Nada en el mundo está más y mejor atestiguado ni más incontestablemente probado, que la presencia real y visible del padre Alfonso de Ligorio cerca del Papa agonizante, mientras que el mismo personaje era observado en su casa, a una gran distancia de Roma, en oración y en éxtasis.

La presencia simultánea del misionero Francisco Javier en muchos sitios a la vez, no ha sido menos rigurosamente comprobada.

Se dirá que estos son milagros; nosotros responderemos que los milagros, cuando son reales, constituyen para la ciencia pura y simplemente fenómenos.

Las apariciones que no son queridas, coincidiendo con el momento de su muerte, son fenómenos del mismo orden y atribuibles a idéntica causa.

Ya hemos hablado del cuerpo sideral, y dicho que es el intermediario entre el alma y el cuerpo físico o material. Ese cuerpo-permanece generalmente despierto, en tanto que el otro dormita y se transporta con nuestro pensamiento en todo el espacio que abre ante él, la inmantación universal. De este modo ensancha, sin romperla, la cadena simpática que le retiene ligado a nuestro corazón y a nuestro cerebro, y esto es lo que hace peligroso el despertar sobresaltados a las personas que sueñan. En efecto, una conmoción demasiado fuerte, puede romper de golpe esa cadena y ocasionar súbitamente la muerte.

La forma de nuestro cuerpo sideral está conforme con el estado habitual de nuestros pensamientos, y modifica a la larga los rasgos del cuerpo material. Por esto es por lo que Swedenborg, en sus intuiciones sonambúlicas, veía con frecuencia espíritus en forma de diversos animales.

Osemos decir ahora que un lobo duende no es otra cosa que el cuerpo sideral de un hombre, de quien el lobo representa los instintos salvajes y sanguinarios, y que mientras su fantasma se pasea a si por las campiñas, duerme penosamente en su lecho y sueña que es un verdadero lobo.

Lo que hace el lobo-duende visible, es la sobreexcitación casi sonambúlica, causada por el espanto de aquellos que le ven, o la disposición, más particular en las personas sencillas del campo, de ponerse en comunicación directa con la luz astral, que es el medio común de las visiones y de los sueños. Los golpes dirigidos al lobo-duende hieren realmente a la persona dormida, por congestión ódica y simpática de la Luz astral por correspondencia del cuerpo inmaterial con el cuerpo material.

Muchas personas creerán soñar leyendo semejantes cosas, y nos preguntarán si estamos bien despiertos; pero rogaremos, únicamente a los hombres de ciencia, que reflexionen en los fenómenos del embarazo y en las influencias de la imaginación de las embarazadas sobre la forma de su fruto. Una mujer, que había asistido al suplicio de un hombre al que arrastraban vivo, dio a luz un niño cuyos miembros estaban todos fracturados.

Que se nos explique cómo la impresión producida en el alma de la madre por tan horrible espectáculo, pudo llegar a fracturar los miembros del niño, y nosotros explicaremos cómo los golpes dirigidos al lobo y recibidos en sueño, pueden romper realmente y herir aun gravemente el cuerpo de aquel que los recibe en la imaginación, sobre todo cuando su cuerpo está nutriendo y sufriendo las influencias nerviosas y magnóticas.

Es a estos fenómenos y a las leyes ocultas que los producen a quien hay que cargar en cuenta los efectos del hechizo, del que habremos de hablar. Las obsesiones diabólicas y la mayoría de las enfermedades nerviosas que afectan al cerebro, son heridas infligidas al aparato nervioso por la luz astral pervertida, es decir, absorbida o proyectada en proporciones anormales. Todas las tensiones extraordinarias y extranaturales de la voluntad disponen a las obsesiones y a las enfermedades nerviosas; el celibato forzoso, el ascetismo, el odio, la ambición, el amor rechazado, son otros tantos principios generadores de formas y de influencias infernales.

 

Paracelso Curso de cábala oculta en el Tarot
Paracelso (Alquimista)

Paracelso dice que la sangre regular de las mujeres engendra fantasmas en el aire; los conventos, desde ese punto de vista, serían el semillero de pesadillas, y se podrían comparar los diablos a esas cabezas de la hidra de Lema, que renacían sin fin y se multiplicaban por la sangre misma de sus heridas.

Los fenómenos de la posesión de las Ursulinas de Loudun, tan fatal para Urbano Grandier, han sido desconocidos. Las religiosas estaban realmente poseídas de histeria y de imitación fanática de los pensamientos secretos de sus exorcistas, transmitidos a su sistema nervioso por la luz astral. Recibían la impresión de todos los odios que ese desdichado sacerdote había levantado contra él mismo, y esa comunicación esencialmente interna les parecía a ellas mismas diabólica y milagrosa.

Así, en este desdichado asunto, todo el mundo estaba de buena fe, hasta Laubardemont que, ejecutando ciegamente las sentencias prejuzgadas por el cardenal Richeliu, creía cumplir al mismo tiempo los deberes de un verdadero juez, y sin sospechar que era un criado de Poncio Pilato, cuanto menos posible le era ver en el cura, espíritu fuerte y libertino, de San Pedro del Mercado, un discípulo de Cristo y un mártir.

La posesión de las religiosas de Louviers, no es más que una copia de las de Loudun; los demonios inventan poco y se plagian los unos a los otros. El proceso de Gaufridi y de Magdalena de la Palud, tiene un carácter más extraño. Aquí son las mismas víctimas las que se acusan a sí mismas. Gaufridi se reconoce culpable de haber quitado a muchas mujeres, por un simple soplido en las narices, la libertad de defenderse contra las seducciones. Una joven y hermosa señorita, de familia noble, insuflada por él, refiere, con los mayores detalles, escenas en que la lujuria disfruta con lo monstruoso y lo grotesco.

Tales son las alucinaciones ordinarias del falso misticismo y del celibato mal conservado. Gaufridi y su querida estaban obsesionados por sus recíprocas quimeras, y la cabeza del uno reflejaba las pesadillas del otro. El mismo marqués de Sade, ¿no ha sido contagioso para ciertas naturalezas debilitadas y enfermas?

El escandaloso proceso del padre Girard es una nueva prueba de los delirios del misticismo y de las singulares neuralgias a que puede dar lugar. Los desvanecimientos de la Cadiére, sus éxtasis, sus estigmas, todo aquello era tan real como la insensata maldad, tal vez involuntaria, de su director. Ella le acusó cuando él trató de abandonarla, y la conversión de esa joven fue una venganza, porque nada es tan cruel como los amores depravados.

Una poderosa Corporación que intervino en el proceso Grandier para perder en él al posible sectario, salvo al padre Girard, por el honor de la Compañía. Grandier y el padre Girard habían llegado al mismo resultado por vías diametralmente opuestas, de cuyos hechos nos ocuparemos especialmente en el capítulo decimosexto.

Obramos con nuestra imaginación sobre la imaginación de los otros, por nuestro cuerpo sideral sobre el suyo y por nuestros órganos sobre sus órganos. De modo que, por la simpatía, sea de atracción, sea de obsesión, nos poseemos los unos a los otros, y nos identificamos con aquellos sobre quienes queremos obrar. Son las reacciones contra ese dominio las que hacen suceder, con frecuencia, a las más vivas simpatías las más pronunciadas antipatías.

El amor tiene la tendencia de identificar a los seres; ahora bien, al identificarlos, los hace, a menudo, rivales y, por consecuencia, enemigos. Si el fondo de ambas naturalezas fuera de una disposición insociable, como lo sería, por ejemplo, el orgullo, saturar igualmente de orgullo a dos almas unidas, es desunirlas haciéndolas rivales. El antagonismo es el resultado necesario de la pluralidad de los dioses.

Cuando soñamos con una persona viva, es, o su cuerpo sideral el que se presenta al nuestro en la luz astral, o por lo menos el reflejo de ese mismo cuerpo, y la forma en que nos sentimos impresionados por su encuentro nos revela, con frecuencia, las disposiciones secretas de esa persona a nuestro respecto. El amor, por ejemplo, modela el cuerpo sideral del uno a imagen y semejanza del otro, de modo que el médium anímico de la mujer es como el de un hombre, y el del hombre como el de una mujer.

Los cabalistas manifiestan este cambio de una manera oculta cuando dicen, al explicar un pasaje oscuro del Génesis: «Dios ha criado el amor metiendo una costilla a Adán en el pecho de la mujer, y la carne  de Eva en el pecho de Adán, de modo que el fondo del corazón de la mujer es un hueso de hombre, y el fondo del corazón del hombre de carne de mujer.» Alegoría es esta que no carece ni de profundidad ni de belleza.

Ya hemos dicho algo, aunque poco, en el precedente capítulo, de lo que los maestros en Cábala llaman embrionato de las almas. Ese embrionato, completo después de la muerte de la persona que posee otra, es con frecuencia comenzado en vida, sea por la obsesión, sea por el amor. He conocido a una joven a la que sus padres inspiraban un gran terror, y que se entregó de repente a una persona inofensiva cuyos actos temía.

También he conocido a otra que, después de haber tomado parte en una evocación, en la que se trataba de una mujer culpable y atormentada, en el otro mundo por ciertos hechos excéntricos, imitó sin razón alguna los hechos de la mujer muerta. Es a este poder oculto al que hay que atribuir la temible influencia de la maldición paternal, tan temida en todos los pueblos de la tierra, y el peligro verdadero de las operaciones mágicas, cuando no se ha adquirido el verdadero aislamiento de los adeptos.

Esta virtud de transmutación sideral, que existe realmente en el amor, explica los prodigios alegóricos de la varita de Circe. Apuleyo habla de una tesaliana que se transformaba en pájaro; se hizo amar por la criada de una señora a fin de sorprender los secretos del alma, y no llegó más que a transformarse en asno. Esta alegoría explica los misterios más ocultos del amor. Los cabalistas aseguran que cuando se ama a una mujer elemental, sea ondina, sea sílfide, sea gnomina, se inmortaliza o se muere con ella.

Ya hemos visto que los seres elementales son hombres imperfectos y todavía mortales. La revelación de que hablamos, y que ha sido mirada como una fábula, es, sin embargo, el dogma de la solidaridad moral en amor, que es el fondo del amor mismo, y que explica por sí sólo toda su santidad y todo su poderío.

¿Cuál es esa maga que cambia a sus adoradores en cerdos y cuyos encantos quedan destruidos en cuanto se someten al amor? Esta antigua cortesana es la mujer de mármol de todos los tiempos. La mujer sin amor, absorbe y envilece todo cuanto se le aproxima; la mujer que ama, esparce el entusiasmo y ennoblece la vida.

Rota. La Templanza. curso de cábala oculta en el TarotSe ha hablado mucho en el siglo último de un adepto acusado de charlatanismo, y que se llamó en vida el divino Cagliostro. Se sabe que practicaba las evocaciones y que no ha sido superado en este arte más que por el iluminado Schroepfter.  Sábese que se vanagloriaba de anudar las simpatías, y que se decía estar en posesión del secreto de la Gran obra; pero lo que todavía le hacía más célebre era la confección de cierto elixir de vida, que devolvía instantáneamente a los viejos el vigor y la savia de la juventud. Esta composición tenía por base el vino llamado malvasía, y se obtenía por la destilación de la esperma de ciertos animales con el jugo de muchas plantas. Nosotros poseemos la receta, y desde luego se comprenderá por qué nos debemos callarla.

Ya hemos dicho que San Agustín se preguntaba si Apuleyo pudo ser cambiado en asno, y después vuelto a su primitiva forma. El mismo doctor podía preocuparse igualmente de la aventura de los compañeros de Ulises, cambiados en cerdos por Circe. Las transmutaciones y la metamorfosis han sido siempre, en concepto del vulgo, la esencia misma de la magia.

Ahora bien, el vulgo que se hace eco de la opinión, reina del mundo, no ha tenido perfecta razón, ni tampoco ha carecido de sinrazón.

La magia cambia realmente la naturaleza de las cosas, o más bien modifica a su antojo sus apariencias, según la fuerza de voluntad del operador y la fascinación de los adeptos aspirantes. La palabra crea su forma y cuando un personaje reputado como infalible, ha nombrado una cosa con un nombre cualquiera ha transformado realmente esa cosa en la sustancia significada por el nombre que le da. La obra maestra de la palabra y de la fe, en este género, es la transmutación real de una sustancia cuyas apariencias no cambian.

Si Apolonio hubiera dicho a sus discípulos, dándoles una copa llena de vino: He aquí mi sangre que beberéis siempre para perpetuar mi vida en vosotros, y si sus discípulos hubieran creído, durante siglos, en esta transformación, repitiendo las mismas palabras, y tomando al vino, a pesar de su olor y de su sabor, por la sangre real, humana y viva de Apolonio, habría que reconocer a ese gran maestro de teurgia como el más hábil de los fascinadores y el más poderoso de todos los magos. No nos quedaría más que adorarle.

Sabido es que los magnetizadores dan al agua para sus sonámbulos todos los sabores que les agraden, y si se supone a un mago bastante poderoso sobre el fluido astral, para magnetizar a toda una asamblea de personas, eso sin que estén preparadas al magnetismo por una sobreexcitación suficiente, se explicará con facilidad, no el milagro evangélico de Caná, sino las obras del mismo género.

Las fascinaciones del amor que resultan de la magia universal de la naturaleza, ¿no son verdaderamente prodigiosas y no transforman de por sí a las personas y a las cosas? El amor es un sueño de encantamientos que transfigura el mundo; todo se convierte en música y perfumes, en embriaguez y en dicha. El ser amado es bello, es bueno, sublime, resplandeciente y hasta irradia la salud y el bienestar…; y cuando el sueño se disipa, se cree caer de las nubes; se mira con disgusto a la bruja inmunda que ha ocupado la plaza de la linda Melusina, a Tersites que se tomaba por Aquiles o por Nereo.

¿Qué no se haría creer a la persona por quien uno es amado? Pero, asimismo ¿qué razón y qué justicia puede hacer comprender lo que se desee a aquella que no nos ama? El amor comienza por ser mago y acaba por ser brujo. Después de haber creado las mentiras del cielo sobre la tierra, ha realizado las del infierno; su odio es tan absurdo como su entusiasmo, porque es pasional, es decir, está sometido a influencias fatales para él. Por este motivo, los sabios le han proscrito, declarándole enemigo de la razón. ¿Merecen los sabios que se les condene o se les absuelva, por haber ellos a su vez condenado, sin comprenderle, sin duda, al más seductor de los culpables? Todo lo que puede decirse, es que cuando hablaban así, no habían amado todavía, o no serían ya capaces de amar.

Las cosas son para nosotros lo que nuestros verbo interior les hace ser. Creerse dichoso, es ser dichoso; lo que se estima se hace precioso en proporción con la estimación misma he aquí cómo puede decirse que la magia cambia la naturaleza de las cosas. Las metamorfosis de Ovidio son verdaderas pero alegóricas como el asno de oro del bueno de Apuleyo La vida de los seres es una transformación progresiva en la cual puede determinarse, renovarse, conservarse más o menos tiempo, y hasta destruir todas sus firmas. Si la idea de la metempsicosis fuera verdadera, no podría decirse que el vicio, representado por Circe, cambia real y materialmente a los hombres en cerdos, porque los vicios, en esta hipótesis, tendrían por castigo la regresión a las formas animales que les correspondan.

Luego la metempsicosis, que ha sido con frecuencia mal comprendida, tiene un lado perfectamente verdadero; las formas animales comunican sus huellas simpáticas al cuerpo astral del hombre, y se reflejan luego sobre sus rasgos por la fuerza de sus costumbres. El hombre de una dulzura inteligente y pasiva, toma el aspecto y la fisonomía inerte de un carnero; pero en el sonambulismo, no es ya un hombre de fisonomía acarnerada, es un carnero lo que se percibe, como lo ha mil veces experimentado el sabio y extático Swedenborg. Este misterio está manifestado en el libro cabalístico del vidente Daniel, por la leyenda de Nabucodonosor, cambiado en bestia, que se ha tenido el poco acierto de tomar por una historia real, como ha ocurrido con todas las alegorías mágicas.

Así, pues, se puede realmente cambiar a los hombres en animales y a los animales en hombres; pueden metamorfosearse las plantas y cambiar su virtud; pueden darse a los minerales propiedades ideales; aquí no se trata más que de querer.

Se puede igualmente, a voluntad, hacerse visible o invisible, y vamos a explicar aquí los misterios del anillo de Gyges.

Alejemos primero del espíritu de nuestros lectores toda suposición absurda, es decir, de un efecto sin causa, o contradictorio a su causa. Para hacerse invisible, de tres cosas una solamente es necesaria; o interponer un medio opaco cualquiera entre la luz y nuestro cuerpo, o entre nuestro cuerpo y los ojos, o fascinar los ojos de los concurrentes, de tal modo que no puedan hacer uso de su vista. Ahora bien, de esas tres maneras de hacerse invisibles, la tercera únicamente es mágica.

Hemos advertido con frecuencia que, bajo el imperio de una fuerte preocupación, miramos sin ver, y vamos a tropezar con objetos que estaban delante de nuestros ojos. «Haced que viendo, no ven», ha dicho el gran iniciador, y la historia de este gran maestro nos enseña que un día, viéndose a punto de ser lapidado en el templo, se hizo invisible y salió de él. No repetiremos aquí las mistificaciones de los grimorios vulgares sobre el anillo de invisibilidad. Los unos lo componen con mercurio fijado y quieren que se guarde en una caja del mismo metal, después de haber engastado en él una pedrezuela que debe infaliblemente encontrarse en el nido de la abubilla.

El autor del Pequeño Alberto quiere que se haga ese anillo con pelos arrancados de la frente de una hiena furiosa; es a poco más la historia del cascabel de Rodilard. Los únicos autores que han hablado seriamente del anillo de Gyges, son Jamblico, Porfirio y Pedro de Apono.

Lo que ellos dicen es evidentemente alegórico y la figura que ellos dan, o la que puede deducirse de su descripción, prueba que por el anillo de Gyges, ellos no entienden ni designan otra cosa que el gran arcano mágico.

Una de esas figuras representa el ciclo del movimiento universal, armónico y equilibrado en el ser imperecedero; el otro, que debe ser hecho con la amalgama de siete metales, merece una descripción particular. Debe tener un doble engarce de dos piedras preciosas; un topacio constelado con el signo del sol, y una esmeralda con el de la luna; interiormente debe llevarlos caracteres ocultos de los planetas, y exteriormente sus signos conocidos, repetidos dos veces y en oposición cabalística los unos con los otros, es decir, cinco a la derecha y cinco a la izquierda, los signos del sol y de la luna, resumiendo las cuatro inteligencias diversas de los siete planetas.

Esta configuración no es otra cosa que un pantáculo, manifestando todos los misterios del dogma mágico, y el sentido simbólico del anillo, es el de que para ejercer la omnipotencia, de la que la fascinación ocular es una de las pruebas más difíciles que puedan darse, es necesario poseer toda la ciencia y saber hacer uso de ella.

La fascinación se opera por él magnetismo. El magista ordena interiormente a una  samblea que no pueda verle y la asamblea no le ve. Así penetra por puertas que tenga centinelas; sale de las prisiones por delante de sus estupefactos carceleros. Se experimenta entonces una especie de aturdimiento extraño, y se recuerda haber visto al mago como en sueños, pero solamente después que él ha pasado. El secreto de invisibilidad está, pues, todo él en un poder, que podría definirse; el de desviar o paralizar la atención, de modo que la luz llegue al órgano visual, sin excitar la mirada del alma.

Para ejercer este poder, es preciso, poseer una voluntad acostumbrada a los actos enérgicos y repentinos; una gran presencia de espíritu y una no menos grande habilidad para engendrar las distracciones en el público. Que un hombre, por ejemplo, perseguido por asesinos, después de haberse internado en una calle transversal, o en una travesía, se vuelva de repente y acuda, con rostro calmado, al encuentro de aquellos que corren tras de él, o que se mezcle con ellos y parezca ocupado en la misma persecución, y se hará ciertamente invisible. Un sacerdote, a quien se perseguía el año 93 para colgarle de un farol dobló rápidamente por una calle, se bajó los hábitos y se inclinó en un rincón de un guardacantón, en actitud urgente.

La muchedumbre que le perseguía llegó inmediatamente; pero ni uno solo le vio, o más bien, ninguno le reconoció; ¡era tan poco probable que fuese él! La persona que quiere ser vista se hace siempre notar, y la que desea permanecer inadvertida, se borra y desaparece. La voluntad es el verdadero anillo de Gybes; es también la varita de las transmutaciones, y es, formulándola clara y netamente, como ella crea el verbo mágico. Las palabras todo poderosas de los encantamientos, son aquellas que manifiestan ese poder creador de formas. El tetragrama, que es la palabra suprema en magia, significa: «Ello es lo que será»; y si se aplica a una transformación, sea la que fuere, con plena inteligencia, renovará y modificará todas las cosas, aun a despecho de la evidencia y del sentido común.

El hoc est del sacrificio cristiano

Es una traducción y una aplicación del tetragrama; también, esta sencilla palabra, opera las más completa, las más invisible, la más increíble y la más clara afirmación de todas las transformaciones. Una palabra dogmática, más fuerte todavía que la de transformación, ha sido juzgada necesaria por los concilios para manifestar esta maravilla, es la de transustanciación.

Las palabras hebreas

Han sido consideradas por todos los cabalistas como las claves de la transformación Mágica. Las palabras latinas est, sir, esto fiat, tienen la misma fuerza cuando se pronuncian con plena inteligencia. M. de Montalembert, refiere seriamente, en su leyenda de Santa Isabel de Hungría, que un día esta piadosa dama sorprendida por su noble esposo, a quien quería ocultar sus buenas obras, en el momento en que llevaba a los pobres algunos panes en su delantal, le dijo que llevaba rosas, y realizada la comprobación, resultó que no había mentido; los panes se habían convertido en rosas.

Este cuento es un apólogo mágico de los más graciosos, y significa que el verdadero sabio no puede mentir, que el verbo de sabiduría determina la forma. Porque, por ejemplo; el noble esposo de Santa Isabel, bueno y sólido, cristiano como ella, y que creía firmemente en la presencia real del Salvador en verdadero cuerpo humano sobre un altar, en donde él no veía más que una hostia de harina, ¿no iba a creer en la presencia real de rosas en el delantal de su mujer bajo las apariencias de pan? Ella le mostró sin duda el pan; pero como ella había dicho: son rosas, y él la creía incapaz de la más leve mentira, no vio, ni quiso ver, más que rosas. He aquí el secreto del milagro.

Otra leyenda refiere que un santo, cuyo nombre no me acuerdo, no encontrando de comer más que un ave, en cuaresma, o en un viernes de ella, ordenó al ave que se convirtiera en pescado, y ésta obedeció. Esta parábola no tiene necesidad de comentario, y nos recuerda un hermoso rasgo de San Espiridión de Tremithonte, el mismo que evocara el alma de su hija Irene. Llegó un viajero a su casa el mismo Viernes Santo, y el buen obispo, que como todos sus colegas de esas remotas épocas tomaban en serio el cristianismo y eran pobres.

Espiridión, que ayunaba regularmente, no tenía en su casa más que tocino salado, que se preparaba anticipadamente para el período pascual. Sin embargo, como el extranjero llegaba extenuado de fatiga y de hambre, Espiridión le presentó esa vianda, y para animarle a comer se sentó a la mesa con él y compartió esa comida caritativa, transformando así la misma carne que los israelitas miraban cómo las más impuras en ágape de penitencia, colocándose por encima del materialismo de la ley, por el espíritu de la ley misma, y mostrándose un verdadero e inteligente discípulo del hombre-Dios, que ha establecido a sus elegidos como reyes de la naturaleza en los tres mundos.

La historia de Isis y Osiris está encerrada en este número 14, ya que fue los trozos en que Seth partió a su hermano Osiris, no pudiendo Isis devolver la vida esta vez a su esposo, por no encontrar su pene. Pero juro encontrar la manera pues ella es inmortal.

Maneros significa amor de la mente, lo cual no deja de ser aleccionador. El amor que inflama la mente es un don de Isis que eleva el alma hacia regiones superiores; asegura poderes mágicos, resplandores que alumbran posibilidades insospechadas. Pero aparece la madre física que, con sus temores e ignorancias, priva al hijo de un superior destino. La madre absorbe al hijo encerrándolo en la esfera de su mundo limitado, profanado, donde todo lo portentoso y transcendente provoca temores y recelos.

La madre retiene al hijo. En el fondo de su corazón, teme que se convierta en morador de otras regiones. Es la imagen de la madre concreta, individual, que se opone a la llamada de la madre genérica, arquetípica, la que empuja al hijo adoptado, con ardores desconocidos, hacia la aventura.

Puede aún buscarse otro enfoque. Hay dos amores: Isis y Astarté, pues este último nombre es el que, a veces, recibe la madre de Maneros. Estamos ante las dos Venus clásicas: a la celeste y la terrenal. Cierto es que el amor puede quedar apresado en los lazos de la materia-madre sin que llegue a descubrir lo que se oculta en el ascenso sagrado de las llamas que conducen  a una condición superior. El abrazo materno de la materia aleja al hijo de los fuegos del espíritu. La mente puede quedar encarcelada en la limitación de lo concreto, de lo estrictamente sensible, de lo que se ofrece en el aquí y en el ahora, renunciando a las llamadas de lo alto y rechazando los caminos prometedores que nos conducen hacia lo desconocido y oculto.

Isis, tras revelar su condición de ente superior, logrará que los señores de Biblos le entreguen el cofre de Osiris y, de este modo, podrá trasladar los despojos de su amado hasta Egipto. Pero  no terminan ahí sus desventuras : el malvado Seth logrará apoderarse del cadáver y lo troceará, lo cual constituye la más completa expresión de vender y aniquilar los poderes del adversario. ¿No se repite con harta frecuencia lo de divide y vencerás? ¿No señaló,

Descartes, como segundo de los preceptos del buen método, dividir cada una de las dificultades con que tropieza la inteligencia en tantas partes cuantas fuera posible y necesario para resolverlas o vencerlas…? Pues bien, Seth, el de pelambre bermeja, personificación de las resquebrajaduras que el calor provoca en la tierra sedienta, que representa la fuerza que divide, parte y secciona, se apoderará del cadáver de Osiris y lo troceará para que se cumpla, a través de su ciega furia, el destino de la victima por antonomasia.

Viene pues el segundo plano de Isis. Deberá ir recogiendo los trozos de su hermano-esposo do se hallen, para otorgarles debida “unidad y articulación”. De este modo, estableció los ritos sagrados de la reactivación de los difuntos.

Conviene advertir que Isis no pudo conseguir una de las partes del organismo de Osiris. Se dice que los genitales del dios cayeron al Nilo y que el pez oxirrinco los devoró.

La diosa se vio precisada a configurar un pene artificial con tallos vegetales y, tras colocarlo convenientemente en el reconstruido Osiris, se acoplo a él para concebir mágicamente un hijo del muerto, al pequeño Horus. (Que mágica es la biblia del Tarot y como marca el camino del Jesucristo resucitado bajando de la cruz y por un ser andrógino, que Trinidad…Por la inteligencia y un solo órgano!).

Plutarco , al que en todo lo expuesto seguimos de cerca, nos dice que Isis inventó el remedio que otorga la inmortalidad. La diosa consiguió que el cadáver de Osiris constituyera no sólo el soporte de un dios resucitado en el más allá, sino que diese testimonio, aquí, de su potencia regeneradora.

Los textos del antiguo Egipto se refieren a la vaca de madera de sicomoro, recubierta de oro, en cuyo interior se deposita la momia del dios. Éste renacía de la vaca como el Sol que, en forma de ternasco, sale del interior de Nut, La diosa-vaca de los cielos.

Num La Templanza Curso de cábala oculta en el Tarot

Horus intervenía con la siguiente fórmula:

Soy Horus que modela a su padre Osiris, tras el cruel desmembramiento de su cuerpo. Configuro a quien me ha configurado. Provoco el nacimiento de quien me ha hecho nacer. Hago revivir el nombre de quien me ha engendrado.

  1. La iniciación se guarda en ambos lados par Muerte.

Una “elaboración” del 5 (1+4=5), La Fuerza, una “concentración” de del 86 (8+6=14), los Elohim, los 5 elementos. (el 4 nos da la cruz, sustituidlo por un Iod y desaparece, para la reconstrucción del Adam Kadmon. Nuestro Osiris interior…).

86: (ALHIM).

Ver “Una nota sobre Génesis”, Equinocio” NºII.

  1. Nombre divino: Nun Norah (formidable), que corresponde también a Emmanuel (Dios con nosotros), 6º nombre de Dios que rige el 6º cielo o cielo del Sol, cuya inteligencia es Raphael.

Nun, como letra hebrea final, se vincula con el 7º nombre de Dios, Ararita, integrado por 7 letras y que significa Dios inmutable. Gobierna el 7º cielo (Venus), cuya inteligencia se denomina Haniel, que significa Amor de Dios, Gracia y justicia divinas.

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→  Ver la siguiente carta 15 Samek El Diablo

Esta información está hilada de las siguientes obras:

* La Cábala tradición  secreta de Occidente (Papus)

*Dogma y ritual de alta magia 1 y 2 (Eliphas Levi)

* Curso de filosofía oculta y la ciencia de los números (Eliphas Levi)

*El tarot de los Bohemios (Papus)

*Gematria dogma kabalistico (Aleister Crowley)

Ana Suero Sanz.

 

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